Contra la pared (Relato Recargado)

Relato publicado originalmente el martes, 22 de mayo de 2007 y recargado el 9/02/2022


Seguimos recargando los viejos relatos de Zekys mientras lo seguimos presionando para que termine de revisar los que nunca publicó. Ayuden con la presión en los comentarios 🤣🤣🤣🤣


Contra la pared (2007)
Ha pasado tanto desde entonces que me parece que fue hace siglos. Muchas veces me sorprendo pensando como un viejo que rememora su juventud con romántica melancolía (o con melancólico romanticismo, «que no es lo mismo pero es igual» diría Silvio Rodríguez). Es que, a los veintiuno, tengo la sensación de haber vivido mucho más de lo que vive el común de los chicos de mi edad. Yo no se lo adjudico a mi profesión, tan esforzada y digna como cualquier otra que se ejerza honestamente (que quede claro), sino ante todo a una toma de conciencia de la realidad que me rodea, actitud cuya génesis podría residir en la falta de una clara guía paterna y materna. Porque, para mi fortuna, mis progenitores poco han aportado a mi formación moral y cívica. Juas. Insisto: para mi fortuna.

Mi señora madre respondía al nombre de Elena y todas las mañanas, de lunes a viernes, se levantaba puntualmente a las siete y (luego de los preparativos propios de una mujer medianamente cuidadosa de su imagen) salía de casa rumbo a su trabajo. Durante años, trabajó en un juzgado de los Tribunales de La Plata, como empleada clase Z. «Mi vida es el juzgado» suele decir a menudo, como si ella fuera la mismísima jueza titular. «El día que me jubile, ya no voy a tener nada por qué vivir», acota innecesariamente... Y gracias por la parte que me toca.

Los fines de semana, en cambio, estaban dedicados ciento por ciento «al Señor». Ya fuera sábado o domingo, su día se iniciaba a las nueve y, antes de las once, ya salía para el templo, donde (según ella) todos esperaban sus directivas para organizar las sesiones de oración o como fuera que se llamara eso que hacían durante sus reuniones de secta. Regresaba a casa por las noches, protestaba por algo que yo hubiera hecho o no y, finalmente, se retiraba a su cuarto a descansar.

Sin embargo, en aquel diciembre de 2001, algo era diferente. O más bien, yo era diferente.

Ella había dormido apenas cuatro horas y la falta de sueño, a su edad, no es algo que el cuerpo pueda disculpar sin más ni más. La noche anterior había participado activamente del cacerolazo popular en protesta contra el gobierno. Para quienes no lo sepan o no quieran recordarlo, el ministro de economía había confiscado virtualmente los depósitos bancarios y el país sufría una especie de iliquidez sin precedentes. Entonces Elena («sin hache, como la de Troya», según su misérrimo sentido del humor y de solidez histórica) salió a protestar por primera vez en su vida. Contra el nuevo gobierno, en realidad, porque el presidente que había desatado toda la crisis ya había renunciado y se había iniciado una semana de virtual acefalía... Por lo cual, los disturbios continuaban.

Lo curioso era que, con solo ver a doña Elena, nadie podía dudar que fuera una «señora gorda» de clase media venida a menos. Y no hay nada que moleste más a una señora gorda de clase media argentina que le toquen el dinero. Tanto que llegó el día en que ella y tantas otras señoras gordas salieron a las calles para manifestarse codo a codo con los piqueteros... esos mismos piqueteros a los que tantas veces habían despreciado por harapientos e ignorantes... los «negros pata sucia».

Era extraña aquella nueva realidad que parecía salida de una obra de Samuel Beckett. Y mientras mi madre deambulaba por las calles haciendo sonar su cacerola, yo intentaba reponerme de las salvajes culeadas que Marcos me venía propinando desde hacía dos días.

A pesar de la efectividad del aloe, en la noche del viernes me sentía afiebrado, el culo me dolía bastante y, aun así, no podía dejar de sacudírmela.

Lo malo era que las horas pasaban muy lento. «Mañana te llamo» le había dicho a Marcos antes de salir de su casa. Como al día siguiente sería sábado y en su casa estaría toda la familia, decidimos juntarnos a coger en la mía, donde no habría nadie. Pero el sol no quería amanecer y «mañana» no llegaba nunca.

Aquella noche fue interminable.

Caótica en mis pensamientos. 

Agónica.



           

           



Asomaban las primeras luces cuando por fin pude conciliar el sueño. Aunque fuese un sueño turbulento y febril, con vergas que aparecían por todos lados y desaparecían en cuanto se suponía que estaban a mi alcance.

–  No te asustes –le advertí a Marcos por teléfono, apenas pasado el mediodía, cuando desperté– pero no puedo dejar de pensar en vos.

La advertencia me pareció pertinente: no quería que el tipo se pensara que yo podría convertirme en algo así como Glen Close en Atracción Fatal (ni siquiera sabía si él tenía algún conejito).

Nos encontramos a las cuatro de la tarde en la esquina de mi casa, en la parada del colectivo. Así de ansioso estaba yo. La calle estaba desierta. El barrio entero parecía desierto. ¡La ciudad parecía desierta! Presa de una calentura sin precedentes, era claro que ni me había preocupado por encender el televisor, por lo cual ignoraba lo que estaba sucediendo más allá de mi estricto campo visual. A Marcos le había sucedido lo mismo. Pero eso lo charlaríamos de madrugada, cuando ya se hubiera sofocado un poco la hoguera de nuestras entrepiernas.

Esa vez llegó a horario y no tuvo necesidad de mentir sobre su vestimenta. Lo vi aparecer con su remera blanca, sus bermudas verdes y bañado en sol y perfume. No nos dijimos ni un hola. A mí se me paró al instante nomás de verlo bajar del colectivo. Amparados por la desolación circundante, nos tomamos de las manos, nos miramos a los ojos y nos dimos un beso. Allí mismo, en plena calle. Técnicamente, fue un beso en la mejilla, pero casi rozando la comisura de los labios. Yo quería partirle la boca, sin importarme el qué dirán, pero la certeza de que ya faltaba casi nada para hacerlo libremente entre cuatro paredes me ayudó a contenerme.

 Tenemos las manos empapadas comentó para romper el hielo.

 Estoy a punto de romper el pantalón.

 Se nota... y mucho...

Y era cierto. Inconscientemente (lo juro) me había puesto un panteloncito corto de jean que me marcaba el paquete y el culo de manera escandalosa. Mi erección era indisimulable y dolorosa. Tanto que el glande se había escapado del slip (dejándome una aureola húmeda en la entrepierna), se frotaba contra la cara interna de la tela y me hacía ver las estrellas a cada paso. Pero era un dolor placentero. El primero de una serie.

Sin más, fuimos para casa. Teníamos algunas horas antes de que llegara mi vieja.



     



Apenas tuve tiempo de cerrar la puerta cuando Marcos ya me abrazaba por detrás, besándome la nuca, metiéndome una mano por debajo de la remera y desabrochándome la bragueta torpemente con la otra. Desesperación era el denominador común entre los dos. Con mi ayuda, me bajó el pantalón y pude sentir la dureza de su entrepierna contra mis nalgas. Mis arterias se transformaron en ríos de lava. Los suaves mordisquitos y la cálida saliva en mi cuello inauguraban una sana tradición de gemidos y resuellos. No sé cómo tomé conciencia de su lucha contra mi remera y, antes de que me la arrancara a pedazos, alcé los brazos para que su frenética ansiedad pudiera hacerla desaparecer sin daños. Y al bajar los brazos, el ímpetu de su cuerpo me obligó a apoyarme contra la pared con ambas manos, justo cuando su verga (inesperadamente liberada de la prisión de la bermuda pero aun sujeta por el suave boxer de algodón) se acomodaba entre mi raja.

Allí, contra la pared, mientras su boca marcaba territorio a mis espaldas y su bulto se frotaba contra mis posaderas, con ambas manos comenzó a pajearme, sin tener en cuenta el grado de mi excitación. No pude avisarle a tiempo. A los pocos segundos eyaculé en torrente contra la pared, dejando una chorrera blanca que no tardó en llegar al suelo. 

Lejos de preocuparnos por la inminencia de la descarga, seguimos con lo nuestro. Mi calentura seguía intacta, inmutable.. De modo similar, mi verga perdió apenas un poco de turgencia pero la recuperó de inmediato cuando la lengua de Marcos se deslizó espaldas abajo e inundó mi culo de saliva. Hoy en día se me vuelve a parar  de solo recordar aquellas manos que separaban mis cachetes y los amasaban con esmero. Era tal el goce que mi mente terminó perdiendo contacto con la realidad. Desapareció el mundo, la luz, el tiempo y el silencio. Todo fue un ensueño hasta que mi carne se abrió con violencia y el dolor, casi olvidado, regresó de la inconciencia y me subió desde el culo a la garganta.



           


           


           

           




           

           


           

     

           

           



Más tarde, él juraría que me había avisado. Yo no lo recuerdo. El caso fue que me penetró con toda la energía que había acumulado en las últimas horas, que era casi tanta como la que había almacenado desde el día de su primera puñeta hasta nuestra primera culeada. Como podrá suponerse, desbordado de pasión, se olvidó de la charla del día anterior y otra vez me cogió sin miramientos. Sentí que me moría. ¡Y no podía gritar! Mi voz se me estrangulaba en el cuello.

Pero duró poco. Fueron solo unos minutos... aunque duraron siglos.

Cuando Marcos acabó, se desplomó con un bufido sobre mi espalda y yo quedé aprisionado entre su pecho y el muro. Apenas le quedaban fuerzas para abrazarme. Aun no se había dado cuenta de que yo estaba llorando y, con la pija dura todavía, quiso sacármela. ¡Obvio que se lo impedí! No quería ni que respirara. Cualquier movimiento parecía multiplicar por millones las agujas ardientes en mi culo. Y recién entonces se dio cuenta de que yo no la había pasado tan bien como él.

La verga se le desinfló de inmediato y empecé a escuchar algo así como una catarata de inútiles disculpas. Inútiles no porque hubiera algún tipo de rencor de mi parte, sino porque el dolor había paralizado mi entendimiento. Yo podía oírlo pero me resultaba imposible descifrar sus palabras. La agonía me arrebataba el aliento y la única idea clara que retumbaba en mi cerebro era la absurda certeza de que el ano me quedaría así de dilatado por el resto de mis días.

Finalmente, Marcos se retiró con suavidad y el vacío en mi trasero fue incomprensible: un inicuo padecimiento por algo que ya no estaba allí. Hoy me parece todo muy exagerado pero las piernas no me respondían. Todo mi cuerpo se había convertido en una estatua rígida, inclinada contra la pared, que amenazaba con quebrarse ante la más mínima maniobra. Hubiera deseado creer en algún dios, para rogarle que me fulminara allí mismo con un rayo.

Poco a poco fui recobrando el control de mí mismo. A pesar de lo sucedido, Marcos se comportó como el ser divino que era. Estaba sinceramente afligido «por lo que me había hecho» y se esmeró cuanto pudo por hacerme sentir bien. Prácticamente me alzó en sus brazos y me llevó hasta el sillón de la sala, donde me cubrió de besos y caricias que nada tenían que ver con lo sexual. Jamás he podido (ni querido) olvidar aquel gesto.

Luego fuimos a mi cuarto y nos recostamos en mi cama. Los dos teníamos hambre y nos tuvimos que conformar con unas bananas maduras (lo único listo para ser consumido que había en la heladera) dando inicio a una larga tradición para los que pasan por mi cama.

Marcos siguió mimándome aun después de que le asegurara que me sentía mejor.



     

     

     


           




     


     





           

           


     



           

           

           

           

     


           

     



A las cinco y media, mientras Marcos pelaba la última banana y me la daba de comer en la boca, sonó el teléfono.

Era mi vieja. Y la realidad.

Con el chillido típico de sus ataques de histeria, quiso ponerme al tanto de lo que sucedía en el país. Imaginen cuánto podía importarme a mí en aquel momento lo que pudiera acontecer fuera de aquel cuarto en el que Marcos me besuqueaba las nalgas «para curarme la nana».

Lo único que me quedó claro fue que doña Elena no regresaría a casa esa noche.

Al parecer, el centro de la ciudad era un pandemónium y prefería quedarse a dormir en lo de Angelita, una supuesta compañera de trabajo a la cual nunca conocí y que, de tanto en tanto, la albergaba en situaciones «de extrema necesidad». Antes de cortar, cumplió con su conciencia y me recomendó que no saliera de casa bajo ningún concepto.

 No me pienso mover de mi cama fue mi cínica respuesta.

Cuando le transmití las novedades a Marcos, su reacción fue espontánea.

 Entonces... ¡me puedo quedar a dormir!

 Si te dormís antes del quinto polvo te capo... pero que quede claro: ¡esta vez ponés el culo vos!

Como por arte de magia, en ese preciso momento recordó que había llevado más hojas de aloe-vera en su mochila.

Continuará...


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Comentarios

  1. Tenía memoria selectiva ese chico. Cuando fue de su interés, se acordó de lo que iba a necesitar jajajaja. Espero ansiosamente la continuación.

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