También hay coreanos en Argentina


Algunos sabrán que, el próximo lunes, la Argentina cumple años. Se cumplen 216 años de la conformación del primer gobierno desvinculado del poder español. Juako y yo habíamos pensado una publicación «parecida» a la que resultó finalmente, pero pasaron cosas, jaja. Y para relatar esas cosas que nos llevaron a modificarla, recurrí a la ayuda de Zekys, que acá es el que sabe contar historias. Así que espero que disfruten las imágenes (acá no va a haber porno) y también del relato (donde sí hay, jaja), que además quedó muy bueno. Como de costumbre. Aclaramos también que las imágenes las generamos con inteligencia artificial y resultó que, en varios casos, la IA se tomó algunas «licencias», modificando la arquitectura de algunos edificios y diseñando anatomías reñidas con la humanidad.

CASA ROSADA
     

     

     

     

     

     


Juako y Aliwén viven juntos desde hace poco más de tres años y siempre nos queda en deuda el relato de cómo se conocieron. Eso no habrá de cambiar en el día de hoy. Ellos viven en el barrio de Almagro, una zona muy agradable de la ciudad de Buenos Aires, y particularmente en su cuadra hay gran cantidad de comercios, entre los cuales hoy vamos a destacar al supermercado que todos llaman «chino», aunque en realidad sus dueños sean coreanos... Y es que la clase media porteña puede ser muy burra en algunos aspectos.

Antes de que Ali se mudara con él, Juako compraba los víveres donde le pintara. Según por donde anduviera yirando, podía comprar fideos en Monserrat, el aceite en Recoleta o el yogur en Palermo. Como amo de casa siempre fue bastante ineficiente: vivía con la alacena vacía por puro colgado, así que casi todo lo resolvía pidiendo delivery.

Esa situación se modificó diametralmente con la llegada de Aliwén.

Como es un chico de lo más metódico, casi con naturalidad y sin decir agua va, se hizo cargo de la organización del hogar. Desde entonces, en ese piso de la calle Moreno las ventanas volvieron a ser de cristal, el baño recuperó su brillo y en la cocina siempre hay olorcito a algo rico.

Eso sí... la cama sigue desordenada como antes.


     

     

           

     

     

           



     

     

     

     

     

     


     

     


     

     

     


     


     

     

           

           

           





Hace exactamente una semana, Ali fue al «chino» por algunos víveres. Planeaba hornear una pascualina para la cena y preparar algún postre rico pero sencillo. Entró al supermercado recitando mentalmente su lista: espinacas, cebollas, un morrón, queso mantecoso, huevos y dos o tres sachets de leche. Tampoco tenía que olvidarse de la esencia de vainilla; acababa de recordar una receta de flan que se hacía en el microondas.

El local es enorme, pero al entrar uno se topa con el único acceso: un corredor bastante estrecho entre dos mostradores con sus respectivas cajas registradoras, donde siempre atienden dos chicas jóvenes. De pie a la derecha, entre pilas bien organizadas de cajones de gaseosas y cervezas, un muchacho alto y atlético vigila cada movimiento a través de un monitor que transmite las imágenes de las nueve cámaras del negocio.

Como era su costumbre, Ali saludó a las chicas con simpatía y ellas le respondieron con una risita tímida. En cambio, el joven vigilante se puso tenso al oír su voz. Giró la mirada hacia él con sutil disimulo. Ni un gesto, ni una mueca; no había en su actitud la menor señal que permitiera adivinar sus pensamientos. Tras una fracción de segundo, su rostro se volvió hacia el monitor una vez más y siguió con atención el recorrido del recién llegado a lo largo de los pasillos atestados de mercaderías. Nadie pudo darse cuenta de que los dedos de su mano derecha tamborileaban ansiosos contra su muslo, mientras otros clientes entraban y salían sin que él les prestara la menor atención. Solo cuando Ali se acercó a la caja para pagar pudo apartar su vista de la pantalla. Por primera vez se miraron a los ojos y, aprovechando una distracción de la cajera, Ali le hizo un guiño a la velocidad de la luz.

Recién entonces los finos labios del vigilante ensayaron una especie de sonrisa, siempre formal. Ali pagó la compra con QR, se despidió de las chicas amablemente y al pasar junto al muchacho se recogió la melena sobre la oreja izquierda. Ese era el código. El gesto significaba «Te espero esta noche».

CABILDO DE BUENOS AIRES

     

     



           

           


En estas épocas otoñales, el sol de Buenos Aires suele empezar a ocultarse poco después de las seis de la tarde. Sin embargo, la actividad en la ciudad nunca cesa; es la hora en que los trabajadores regresan a sus hogares y se ocupan de las compras del día. Por esa razón, los supermercados de barrio no suelen bajar sus persianas antes de las nueve de la noche. Era más o menos esa hora cuando sonó el portero eléctrico en el departamento de la calle Moreno.

Ali ya sabía quién era pero de todos modos descolgó el auricular de la pared de la cocina y preguntó antes de abrir.

– Seo –dijo secamente la voz al otro lado de la línea.

Con el corazón palpitante, Ali presionó un botón, oyó la chicharra de la puerta de entrada al edificio y, segundos después, el ruido  del ascensor que se ponía en marcha. Todo estaba listo. Ya había horneado la pascualina y preparado el flan para cuando llegara Juako. Pero bajo el pantalón llevaba puesta una sunguita blanca con puntillas para agasajar a Seo.

Atento a cada sonido, abrió la puerta del departamento apenas escuchó que se detenía el ascensor. Al asomarse al pasillo, vio a su amante avanzar con paso firme, desplegando esa sonrisa luminosa que solo suele aparecer cuando va a visitarlo.

Una vez adentro no hubo ni un «hola» ni un «qué tal». Ali se colgó del cuello y Seo lo abrazó con tal firmeza que lo dejó suspendido en el aire mientras se besaban con una urgencia que les quitaba el aliento. Muchos besos y muchas caricias después, con los rostros encendidos, ya tendidos en la cama, se dieron un brevísimo respiro para un fugaz saludo. Muy fugaz.

OBELISCO DE BUENOS AIRES


           

           

     


     

           

           

     

           


     

     




Además de imponente, Seo es hermoso. Al mejor estilo de los astros del k-pop. Cuando Ali lo vio por primera vez, no pudo quitárselo de la cabeza e hizo lo imposible por llamar su atención. Está a la vista que tuvo éxito.

A pesar de que ambos rondaban los veintitantos, Ali tenía un aspecto más aniñado: piel cetrina, pelo largo y muy lacio, lentes redondos y unas manos delicadas que delataban su pasión por el piano. Los contrastes saltaban a la vista, pero en la intimidad se volvían intrascendentes.

Ninguno de los dos era novato; aunque el deseo se encendía con la mera cercanía, cada uno sabía qué hacer para mantener el control sin apagar la llama.

Seo había sido criado en un ambiente más bien restrictivo en cuanto a las demostraciones de afecto. Sus padres habían llegado a la Argentina en la década de los 90, huyendo de la crisis surcoreana de entonces. Su madre era una mujer adorable pero sumisa a la voluntad de su marido, un hombre trabajador y responsable pero parco y atado a las viejas tradiciones de su pueblo. Seo estaba convencido de que su familia jamás vería con buenos ojos su orientación sexual ni su frustrado deseo de ser modelo profesional. Era un joven con el que siempre había que andarse con pies de plomo y Ali lo captó desde el principio. Poco diálogo era lo ideal, salvo que él mismo iniciara la conversación, cosa que solía suceder muy de tanto en tanto.

Ali, en cambio, había tenido que autoeducarse para aprender a controlar sus desbordes. Nunca conoció a su padre y, si de límites y responsabilidades hablamos, no solía tomar como ejemplo a su madre, una cantante de tangos de relativo éxito que siempre le puso un plato de comida en la mesa pero nunca dio certezas de su rol de adulta. Cómo fue que Ali terminó siendo un chico aplacado y metódico es una historia que no viene al caso relatar ahora. Lo cierto es que su alma sensible vivía en continua lucha contra sus inseguridades. Seo había sabido percibirlo e instintivamente asumía el rol de protector, aunque siempre podría ponerse en duda quién terminaba protegiendo a quién.

En la cama sus cuerpos se amasaban y mezclaban como plastilina. Si alguien hubiera podido verlos, le habría sido difícil distinguir los límites. Poco a poco fueron desapareciendo las ropas. Aliwén se fascinaba con la rigidez de los pectorales de Seo y el contraste entre sus pezones oscuros y la piel pálida; sus labios y su lengua solían darse un festín en aquel pecho de superhéroe. Seo, por su parte, se dejaba embriagar por el aroma delicado de la piel de Ali. Hundía el rostro en su cuello ante cada oportunidad, mientras sus manos exploraban cada rincón como buscando un tesoro oculto.

Esa noche, la joya tenía un ribete de encaje y Seo no precisó verla para llevar su excitación al límite: le bastó escabullir una mano por debajo del pantalón de Ali. Las bocas volvieron a encontrarse y a la primera mano indiscreta le siguió la otra. El pantalón se deslizó sin resistencia y, mientras Ali entrelazaba los brazos alrededor de su cuello, los dedos de Seo le apretaron las nalgas con una fuerza llena de ternura. Guiado por el instinto, Ali se sentó entonces sobre el vientre de Seo y se deslizó suavemente hasta que se posó sobre la erección que tanto habían tratado de ignorar para no precipitar las cosas.

El reflejo de los neones irrumpía tímidamente a través de la ventana y los cuerpos desnudos se vestían de claroscuros, proyectando sombras inquietas sobre las puertas del placar. Gemidos y jadeos hacían contrapunto con los quejidos del colchón; toda la habitación perdió sus dimensiones ante el ímpetu de los amantes cuando, casi al unísono, sus cuerpos estallaron de placer.

De repente, el mundo extravió su gravedad, el tiempo exageró su curvatura y todo alrededor entró en un limbo en el que formas y texturas se volvieron difusas. Con el rostro sumergido en su entrepierna, Ali se aferró a los fibrosos muslos de Seo. Así permaneció hasta que el universo comenzó a recobrar su orden natural. Después del estallido, Seo se refugió en la somnolencia y solo resurgió cuando el ritmo de su corazón dejó de retumbar en su cabeza.

CONGRESO NACIONAL
           

           


           

           




Después de un largo rato de mimos y arrumacos relajados, Ali miró el reloj de su mesa de luz.

– Juako debe estar por llegar –anunció sin mayor agitación. Luego encendió la luz del velador y se quedó mirando, fascinado, la extensa desnudez de su amante. Seo permaneció en silencio con los ojos cerrados hasta que el runrún de sus pensamientos fue ostensible. 

– Somos raros nosotros, eh.

Ali no pudo reprimir la risa y trató de disimular buscando los lentes que habían caído al suelo durante el revolcón. Gesto inútil. Su recobrado aire intelectual fue incapaz de ocultar el rictus burlón de su semblante. Siguiéndole el juego, Seo también consideró que la situación era divertida, aunque fingió fastidio.

—Vamos a la ducha —propuso.

Y allí fueron los dos.

Cuando llegó Juako, ambos estaban ya en la cocina, vestidos otra vez y ultimando los preparativos para la cena. Pero con el pelo mojado. Juako los miró inquisitivamente, tratando de escudriñar en sus pensamientos ocultos, y finalmente sonrió como si nada. Saludó a cada uno con un beso. Uno en los labios para Ali. Otro en la mejilla para Seo.

– Tienen que aprender a ser discretos. En otro contexto, esto podría desatar una tragedia –tomó un trozo de queso y se lo llevó a la boca mientras les guiñaba un ojo.

– ¡Qué dramático! –protestó Ali en tono de broma.

– ¿Te parece? Conozco tipos que por mucho menos generarían un río de sangre... –y, con un ademán de marica exagerada, continuó– Digan que una es una señora que sabe distinguir entre fidelidad y lealtad y darle a cada cosa su justa importancia.

Todos rieron y se aprestaron para cenar, pero en el comedor Juako puso su laptop sobre la mesa y se dirigió directamente a Seo.

– Vos que sos un chico con buen criterio estético, ¿qué te parecen estas fotos?

Eran las imágenes que la pareja estaba preparando para la publicación del «25 de Mayo»: chicos jóvenes y atléticos cubiertos apenas con un breve slip celeste y blanco o una bandera argentina ocultando las partes pudendas. Muy artísticas todas y generadas por IA. Seo las miró con atención y gesto en principio aprobatorio pero...

– Todos se ven estupendos... algunos blancos y otros morenos... típicamente argentinos.

El tono de su voz sugería una crítica que Juako y Ali no alcanzaban a comprender, así que tuvo que ser más explícito:

– Todos muy argentos pero también hay coreanos en la Argentina.

Las miradas de los dueños de casa se iluminaron con esa complicidad que los unió desde el mismo día en que se conocieron. Seo acababa de darles una idea genial.

—¡No se diga más! —dictaminó Juako—. Me fascina lo disruptivo. Rompamos la tradición y que este año todos tengan aspecto coreano. Algunos son tan hermosos... —acompañó estas últimas palabras con una leve caricia en el mentón de Seo—. Cenamos y te quedás a dormir con nosotros, ¿verdad?

La invitación era tentadora... Pero Seo sabía que, en el caso de quedarse, al día siguiente debería dar demasiadas explicaciones a la familia.


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